Hazme caso, si eres padre de una persona discapacitada, no querrás seguir leyendo este texto. En él se hará mención a un tema del que no quieres que tu hijo sepa jamás. El sexo.

Hace unos días he vuelto de unas apacibles vacaciones en Oviedo, acompañado de veintiséis discapacitados más, de la mano de la Asociación Madrileña de Espina Bífida (AMEB). Todos ellos con diferentes idiosincrasias y niveles de afectación, todos ellos discapacitados físicos y algunos de ellos intelectuales en mayor o menor medida.

Una de esas noches vimos una película todos juntos. Aprovechando tal circunstancia para ver algún título que fuera tocante a lo que nos unía a todos, se seleccionó ver “Las sesiones”, un largometraje que se aproxima a la relación que existe entre discapacidad y vida sexual. He de reconocer que por esperado, no me desconcertó menos que, ante el mínimo atisbo de desnudez en la pantalla la sala se llenara de risitas infantiloides y cuchicheos de incomodidad.

Estas reacciones, que tuvieron lugar en personas de entre 18 y más de 50 años, no es algo atribuible directamente a quienes la llevaron a cabo, no al menos en todos los casos. El hecho de no saber cómo acercarse a la temática sexual es algo heredado del contexto que rodea a las personas que estaban en esa sala.

Está muy extendida, entre las familias con algún discapacitado, la idea de que si no hablas de un tema, el tema jamás llegará a los sentidos de ese discapacitado. El sexo es un elemento de la vida que está muy arriba en el ranking de los temas a evitar en la educación de jóvenes discapacitados. Ya sea por la dificultad a la hora de abordar este tema, por el proteccionismo que rodea a la palabra discapacidad, o ambas razones a la vez, muchos padres eligen la ignorancia para sus hijos en este asunto.

De lo que no se dan cuenta esos progenitores es que el tiempo es imparable, que la naturaleza humana sucumbe, antes o después, a estímulos relacionados con la pubertad en primera instancia y, más tarde, con la manifestación sexual de cada individuo propiamente dicho.

Es en este momento cuando, como nos pasa a todos, la curiosidad por aquello que les ocurre pide paso a gritos y, como nadie se ha atrevido a explicarles de que va el asunto, la mezcla de esa misma curiosidad y la desinformación puede conformar un coctel de difícil gestión. Yo mismo he sido testigo de cómo una mala gestión de los impulsos sexuales de una persona aquejada de una severa discapacidad generaba situaciones violentas y desagradables.

Ya no el sexo, sino la sexualidad (no es lo mismo, tengamos esto también en cuenta) es un campo de la educación que no se puede dar por satisfecho con la charla que en algunos centros educativos se imparten. La relación de sexo y discapacidad es frágil y complicada, eso no creo que nadie pueda negarlo, pero si esa relación es respaldada por una base de educación y normalización podrán llegarse a evitar malentendidos, frustraciones, banalizaciones innecesarias en el tema del sexo y, sobretodo, se evitarán errores que pueden tener poco de subsanables.

Evidentemente, hay casos en que las capacidades cognitivas de la persona dificultan mucho el tratamiento de algo así con ella. En este caso recaerá, o deberá recaer en los padres esa parcela de la personalidad de su hijo. Para sobrellevarlo con menos dificultad me parece muy interesante el debate que está empezando a gestarse en España sobre la creación de una figura que ya existe en otros países. La del asistente sexual. Mucha gente hace equivaler este concepto con el de un/una prostituto/a para discapacitados. Realmente es algo que va mucho más allá, se definiría mucho mejor como la persona que ayuda al discapacitado a tener conciencia de su propio cuerpo, de los mensajes que éste manda y de las interacciones, de naturaleza sensual o erótica, posibles con otra persona. Todo ello dotándolo de una carga emotiva además de meramente física.

Pero claro, estamos en España. Dudo mucho que el debate llegue a formularse. Antes de eso bien se preocuparán los agentes sociales que siempre hablan de la discapacidad, pero sin los discapacitados, y determinar qué es lo que es bueno para ellos o no, insisto, sin tan siquiera preguntarles. Nadie pone en duda que hay una lista de cosas más importantes que la sexualidad para el colectivo de personas con discapacidad, pero ¿porque no sumar la sexualidad a esa lista de cosas importantes en vez de eliminarla?

Si no me has hecho caso, tú, padre de un discapacitado, y has seguido leyendo, espero que hayas entendido que el sexo no es ningún monstruo en el armario de tu hijo o hija. Con un buen manejo del tema vivirás, y dejarás vivir, mucho más tranquilo.

[NdR.: Como estamos en días de cuidar la espalda propia y, según de quien, la ajena, dejo escrito que lo que acabáis de leer es sólo mi opinión personal, no son, ni de lejos, verdades absolutas y, sobretodo, quiero dejar claro que no hablo en nombre de nadie al pronunciarlas].