Dicen que por cada tiempo y espacio que pasamos dejamos atrás una parte de nosotros. Una brizna de energía, una leve presencia que allí se perpetúa. Me gustaría creer en esa posibilidad. Es más, me encantaría poder convocar a mi yo de hace veinte años. Seguro que nos asustábamos mutuamente, él por ver cómo ha envejecido y yo por descubrir una candidez de la que ya no queda ni rastro en generaciones que siguieron a la mía.

Desearía que ese yo del pasado abandonara, por un rato, ese sitio donde, por raro que parezca, fue muy feliz. Sí, sé perfectamente donde tendría que buscar, si abandonara mi casa familiar, a esa versión jovenzuela de mí mismo, y seguro que algunos os vais a sorprender. Le encontraría en el colegio, en el Colegio Virgen del Cerro, en Vallecas.

Juventud que me leéis, sé que no me vais a creer, pero hubo un tiempo, hace mucho, en el que ir al colegio no conformaba una tortura. Quizá sea una percepción mía ligeramente edulcorada por el paso de tiempo, pero cuando íbamos a clase, los de mi generación no veíamos al resto como el enemigo a abatir, no percibíamos al diferente como el blanco perfecto, ni al profesor como alguien al que martirizar, ni tan siquiera como el que estaba predispuesto a martirizarnos.

Lejos de todo ello, no recuerdo un sólo día en el que me costara levantarme para ir al colegio, y eso, en alguien al que le gusta tanto el reino de Morfeo como a mí, es toda una declaración de intenciones. No me costaba porque ir a la escuela significaba soportar las clases (que, seamos sinceros, puestos en el lugar de nuestro “antepasado” de menos veinte años era lo menos importante), pero también cambiar cromos y parlotear con los compañeros antes de entrar al aula, sentirte uno más en el recreo jugando a cualquier deporte, ver a la chica que te gustaba y que jugaba con tus hormonas como quería hasta el punto de conseguir que hicieras el mayor de los ridículos, tener tus peleas, tus secretos, tus problemones que resultaban ser absurdeces vistos a toro pasado, tus rincones secretos en el patio y que pensabas que sólo conocías tú y tus tres mejores amigos, y mil cosas más, experiencias que, en cierto modo, hacían de puente entre ese yo niño y ese yo preadolescente, ergo menos inocente. Eso, y mucho más, era el colegio en tiempos de los últimos capítulos de Cuéntame, doy fe. Hoy las cosas son diferentes, demasiado.

Desde hace un tiempo, me ha rondado la idea de volver de visita a aquel lugar. Algo ajeno a mí voluntad siempre lo ha evitado. Casualidades diría la mayoría de la gente, estoy convencido de que alguno se ampararía más en la causalidad. Con los años, y ya de adulto, algunas personas con las que me he ido cruzando me han enseñado a tener una mente más abierta de lo que pudiera tener mi versión del Virgen del Cerro. Es posible que haya una causa para que una y otra vez no haya podido llegar a pasear por el pasado más lejano, quizá es el mensaje claro de que la idealización de según qué cosas y la confrontación con la realidad de esas mismas cosas puede ser duro de sobrellevar.

Por otro lado, siempre he sido de a los que nos cuesta captar los mensajes. Quizá más pronto que tarde vaya a reencontrarme con mi versión 1.0 y le pida que me haga el tour completo. Que me refresque esas anécdotas que, poco a poco, han ido perdiendo detalles en el tumulto de información que he ido acumulando desde que nos separamos. Que me pasee por los sitios que han significado algo para mí en aquel edificio, y creedme son muchos. En definitiva, que me lleve al pasado sin DeLorean.

Es posible que este post sea la prueba fehaciente de que he terminado por volverme loco, si es así, culparé de ello a la canción que encabeza el texto y a quien me la recomendó. Pero antes, os reto a que la escuchéis y me digáis si reconocéis a vuestro yo del pasado en ella. Aunque ya aviso, cuánto menos edad tengáis, el efecto será menor, por desgracia.