Pena y algo de envidia

Ya voy teniendo una edad, pero ni de lejos he vivido aquel periodo histórico de España en el que sus ciudadanos tenían que buscarse la vida lejos de sus fronteras. Sin embargo, a día de hoy, ya puedo decir, tristemente, que sí, que estoy siendo testigo de algo que se le asemeja demasiado. Es cierto que en horas te puedes recorrer el mundo y que los modernos medios de comunicaciones pueden enmascarar la lejanía, pero tener uno o varios países entre las personas que quieres y tú, sigue siendo algo muy difícil de llevar, estoy seguro de ello. Tener que elegir el autoexilio, porque no queda otra, no debería ser propio de un sitio que dicen es lugar puntero del primer mundo.

La crisis le ha venido muy bien a algunos y ha puteado a tanta gente que sería incontable. Ese sería el argumento fácil y rápido. Que unos ni la vieron venir ni reaccionaron cuando llegó y otros han ido, a toda costa, a poner a España donde su “patriota” corazón les dice que corresponde, es otra forma de verlo. Pero me preocupan dos cosas de esa última frase.

Me preocupa el concepto de a toda costa y las motivaciones (únicamente electorales) que hay detrás de él. La última legislatura empezó con una promesa del caballo ganador clara y concisa, “os sacaremos de la crisis”. Lo que no dijeron es como. Y resultó ser apretando tanto las tuercas del submarino que casi lo hunden. Han recortado todo lo esencial, bajado sueldos, facilitado despidos y complicado la contratación, empujado a las PYMES al cierre, exprimido al autónomo, ahogado a las familias, y poco contentos con ello, se han esforzado en convencernos de las bondades de poner la otra mejilla (y calladitos si puede ser). Todo ello sin mover una ceja, una barba, una coleta, una calva o un puño en alto en pos de un gesto de solidaridad y de sacrificio, de evitarse un lujo o una subvención suculenta.

También me preocupa el patriotismo de pecho tabla, el de somos punteros en Europa, el de la Marca España, el de somos España ¿a qué quieres que te gane? Esa chulería me preocupa básicamente porque es negar la evidencia. Vamos a remolque de Europa… en el mejor de los casos. Somos un Pinocho de cartón en manos de un Geppetto alemán de no muy buenas intenciones. Y lo más triste de esto es que hay mucha gente dentro de nuestras fronteras que aún muerde gustoso este anzuelo. Para muchos, la mejor manera de amnesia es que le pongan delante una banderita que lo justifique todo.

Y detrás de esos dos últimos párrafos tan sólo quedan personas. Personas que no tienen reuniones de partido, comisiones ejecutivas, ruedas de prensa para decir lo buenas que son y los malos que son sus rivales, chófer que les lleven a todas partes… No, me refiero a las personas que están a los pies de la clase política y empresarial, esas que suficiente tienen con levantarse en algo que puedan llamar hogar, con tener para el pan, con tener un trabajo al que ir y con, sobre todo, que le dejen cuidar de su familia. En este país, ya son demasiados los que, al menos una de esas cosas no las puede cumplir con facilidad.

Y en consecuencia, cada vez más gente toma la difícil decisión de buscar fuera lo que aquí no pueden encontrar, aunque eso suponga que se les parta el alma por tener que separarse de los que más quieren y de sufrir en sus carnes una incertidumbre por la que no deberían pasar.

Debajo de la kilométrica capa de inmensa pena por los que se van, con la que cargamos los que nos quedamos aquí (y que estoy convencido de que es nimia al lado de la de quien tiene que dejar su vida en pausa para emprender lejos de todo lo que le sea familiar), hay un atisbo de envidia. Envidia porque esas personas se salvan, a un altísimo precio eso sí, de hundirse con esta patera, que algunos venden como si fuera un yate, que es España. Una barca hecha de ramas que unos pocos se han encargado de agujerear y que pretenden que los muchos que remamos para que no se hunda, además de hacer nuestra labor, tengamos que arreglar sus despropósitos.