Pies de barro

“Desviar la atención, esa es la clave”. Eso te dirá cualquier mago cuando le preguntes por sus trucos. Como si fueran el mejor de los ilusionistas, hay personas que juegan a intentar que creas la realidad que te fabrican mientras, fuera de tu campo visual, se montan un show a tu costa. Entonces es cuando entra en juego tu sentido común, tu mesura a la hora de tomar decisiones y tu inocencia de espíritu para creer, o no, lo que ese trilero te trata de hacer tragar. Como si fueras un tragasables pero estando estos bien afilados sin que nadie te haya avisado de ello.

Tan importante como desviar la atención, es la actitud en el escenario para un mago. Aparentar tenerlo todo controlado, ser el que más sabe de todos los que miran el espectáculo, y de parte del mundo que no lo ve. Esa es la actitud que ayuda a que el show continúe pareciendo que funciona, aunque debajo de la purpurina y las lentejuelas haya sólo endebles andamios en el mejor de los casos. Este punto es muy importante, de él depende que la gente entre, que incluso pague, por ver aparecer un conejo que pocas veces asoma por la desastrada chistera, y las veces que lo hace está muerto, con el consecuente tufo a carne pasada de fecha.

El éxito de la magia reside en la capacidad del mago para hacer creer al respetable lo increíble, y en esto los hay verdaderamente expertos. Hay magos de la vida que podrían hacer creer que los cerdos vuelan, o que se puede confiar mínimamente en ellos. Pero todo es una ilusión, un truco envuelto en un contexto, y adornado con una palabrería, que hace parecer posible aquello que nadie más está dispuesto a hacer para contentar al que mira. El riesgo, porque la magia no está exenta de ellos, es que alguien, con la agudeza visual avezada, se dé cuenta de que hay cartas en la manga del mago o que el billete de turno no flota. Entonces, amigo mago, será mejor que les identifiques y les invites a salir de tu “business”, no querrás que, como si Beyoncé estuviera de público en el concierto de cualquier cantautor desafinado, haga que se te vea el plumero o la poca chicha de tu “show”.

Para que eso no pase, el mago emocional, el más habilidoso de los fascinadores que hay sueltos por el mundo, deberá elegir con sumo cuidado a su ayudante. No es asunto baladí. El ayudante del mago es lo que antes era el escudero del caballero andante. Guardián de sus secretos, defensor a ultranza de sus métodos y paladín dispuesto a batirse con quien sea en un duelo a muerte con tal de que nadie manche el buen nombre del “capo”. ¿Cómo consigue esta fidelidad a prueba de bombas? Es casi más misterioso que los propios trucos del mago.

Pero seamos claros, no todo en la magia es David Copperfield. Hay niveles, como en todo, y como hay grandes artistas hay charlatanes, buzones con lengua dispuestos a venderte la moto diciendo que es magia. Seguramente, sean a los que más atención hay que prestarles, no fuera a ser que mientras te cuentan cuentos metafísicos, te disfrazan de ciencia imposiciones morales descabelladas y mandamientos absurdos, algo que en principio te pertenece cambie de manos. Que sean artistas del “abrazafaroleo” no significa que no tengan la suficiente inteligencia como para hacerte creer en monstruos (normalmente les etiquetarán con frases alarmistas como que la sociedad actual es materialista, y egoísta, y poco afectuosa, y…). Una vez conseguida esa creencia, tratará de conseguir que elijas su cruzada mágica en pos de cambiar el mundo y, si me apuras, el rumbo de la historia… lo que no te dirá es que tú corres con los gastos.

Que los haya aún que creen en las verdades del trampero, eso sí que es magia.